“El hombre al que maté” de Tim O’Brien.

Tim O'Brien (Austin, Estados Unidos, 1 de octubre de 1946) es un escritor estadounidense que ha publicado diversos trabajos basados en su experiencia como soldado en la Guerra de Vietnam. Entre sus obras se encuentran El ir después de Cacciato (1979), Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (1990) y En el Lago de los Bosques (1994).

El hombre al que maté.

Tenía la mandíbula en la garganta, el labio y los dientes superiores habían desaparecido,
un ojo estaba cerrado, el otro era un agujero en forma de estrella, sus cejas eran finas y
arqueadas como las de una mujer, su nariz estaba intacta, había una gota leve en el
lóbulo de una oreja, su limpio pelo negro caía hacia atrás hasta formar un remolino en
la parte posterior del cráneo, su frente tenía algunas pecas, sus uñas estaban limpias, la
piel de su mejilla izquierda estaba arrancada en tres tiras desiguales, su mejilla derecha
era suave y lampiña, había una mariposa posada en su mentón, su cuello estaba abierto
hasta la médula espinal, y allí la sangre era densa y brillante; ésa era la herida que le
había matado. Estaba tendido boca arriba en medio del sendero, un joven delgado,
muerto, casi delicado.


  Tenía piernas huesudas, cintura estrecha, dedos largos y elegantes. Tenía el pecho
hundido y poco musculoso; un estudiante, tal vez. Sus muñecas eran las muñecas de un
niño. Llevaba camisa negra, amplios pantalones orientales negros, una canana gris, un
anillo de oro en el dedo corazón de la mano derecha. Sus sandalias de goma habían
volado. Una estaba junto a él, la otra unos metros más allá, en el sendero. Tal vez había
nacido en 1946 en la aldea de My Khe, cerca de la costa central de la provincia de Quang
Ngai, donde sus padres trabajaban la tierra, y donde su familia había vivido durante
varios siglos, y donde, durante la época de los franceses, su padre y dos tíos y muchos
vecinos se habían unido a la lucha por la independencia. No era comunista.

 

Era ciudadano y soldado. En la aldea de My Khe, como en toda Quang Ngai, la resistencia
patriótica tenía la fuerza de la tradición, que era en parte la fuerza de la leyenda, y desde
la más tierna infancia el hombre a quien maté había oído historias sobre las heroicas
hermanas Trung y la famosa derrota que Tran Hung Dao infligió a los mongoles y la
victoria final de Le Loi contra los chinos en Tot Dong. Le habían enseñado que defender
su tierra era el deber más alto y el mayor privilegio de un hombre. Lo aceptaba. Nunca
fue amigo de discutir. Secretamente, sin embargo, también le daba miedo. No tenía
madera de soldado. Tenía mala salud, su cuerpo era pequeño y frágil. Le gustaban los
libros. Quería ser profesor de matemáticas algún día. Por la noche, tendido sobre la
estera, no podía imaginarse llevando a cabo los actos va¬lientes de su padre, o de sus
tíos, o de los héroes de las historias. Esperaba de todo corazón que nunca le pusieran a
prueba. Esperaba que los norteamericanos se fueran. Pronto, esperaba. Seguía
esperando y esperando, siempre, incluso cuando dormía.


  -¡Vaya, hombre, has jodido al que te quería joder! -dijo Azar-. ¡Lo has desparramado
por completo, fíjate en lo que has hecho, lo has desparramado como si fuera un jodido
huevo!


  -Vete -dijo Kiowa.


  -¡Sólo estoy diciendo la verdad! ¡Como un jodido huevo!

 

-Vete -repitió Kiowa.


  -De acuerdo, entonces; me largo -dijo Azar. Empezó a apartarse, después se detuvo y
dijo-: Como un jodido huevo, ¿sabes? ¡Si hay categorías de muertos, este tío es de
primera!


  Sonriendo de su propia agudeza, se encogió de hombros y enfiló el sendero hacia la
aldea que estaba tras los árboles.


  Kiowa se agachó.


-Olvídate de esa bestia -dijo. Abrió la cantimplora y me la tendió por un momento y
después suspiró y la retiró-. ¡No le des más vueltas, hombre! ¿Qué otra cosa podías
hacer?


Más tarde Kiowa dijo:


  -Hablo en serio. Nadie podía hacer nada. Vamos, Tim, deja de mirar así.
  El cruce de senderos estaba sombreado por una hilera de árboles y altos arbustos. El
delgado muchacho estaba tendido con las piernas a la sombra. Su mandíbula estaba en
la garganta. Un ojo estaba cerrado y el otro tenía un agujero en forma de estrella.
  Kiowa le echó un vistazo al cuerpo.


  -Está bien, déjame hacerte una pregunta -dijo-. ¿Te gustaría cambiarte con él? Ponte
en su lugar:¡te gustaría? Contéstame francamente.


  El agujero en forma de estrella era rojo y amarillo. La parte amarilla parecía ir
ampliándose, desplegándose hacia el centro de la estrella. El labio superior, la encía y
los dientes habían desaparecido. La cabeza del hombre estaba acomodada en un ángulo
insólito, como si el cuello se hubiera soltado, y su cuello estaba mojado de sangre.


  -Piénsalo -dijo Kiowa.


  Después, más tarde, dijo:


  -Tim, es una guerra. El tío ese no era Heidi: tenía un arma, ¿correcto? Es duro, desde
luego, pero tienes que dejar de mirar. Después dijo:


  -Tal vez lo mejor sería que te tumbaras unos minutos.


  Después de un largo rato de silencio dijo:


  -Tómatelo con calma. Ve adonde el espíritu te lleve.


  La mariposa se estaba abriendo camino a lo largo de la frente del muchacho, que
estaba salpicada de pequeñas pecas oscuras. La nariz estaba intacta. La piel de la mejilla
derecha era suave y tersa y lampiña. De aspecto frágil, huesos delicados, el joven nunca
había querido ser soldado y en lo más hondo de su corazón había temido comportarse
mal en la batalla. Incluso cuando era un muchacho que crecía en la aldea de My Khe se
había preocupado a menudo por eso. Se imaginaba cubriéndose la cabeza y tendido en
un agujero profundo y cerrando los ojos y quedándose inmóvil hasta que la guerra
terminara. No tenía estómago para la violencia. Le encantaban las matemáticas. Sus
cejas eran finas y arqueadas como las de una mujer, y en la escuela los muchachos a
veces se burlaban de él por lo hermoso que era, con sus cejas arqueadas y sus dedos
largos y elegantes, y en el patio de recreo imitaban el modo de caminar de una mujer y se mofaban de su piel tersa y su amor por las matemáticas.

 

No era capaz de pelear con ellos. A menudo deseaba hacerlo, pero le daba miedo, y eso aumentaba su vergüenza.
Si no se atrevía a pelear con chicos, pensaba, ¿cómo podría ser soldado y luchar contra
los norteamericanos con sus aviones y sus helicópteros y sus bombas? No parecía
posible. En presencia de su padre y sus tíos, fingía estar ansioso por cumplir con su deber
patriótico, que era además un privilegio, pero por la noche rezaba con su madre para
que la guerra terminara pronto. Por encima de todo, temía ser una deshonra para sí
mismo, y por lo tanto para su familia y su aldea. Pero todo lo que podía hacer era esperar
y rezar y tratar de no crecer demasiado deprisa.


  -Escúchame -dijo Kiowa-. Te sientes muy mal, lo sé.


  Después dijo:


  -Está bien, tal vez n olo sé.


  A lo largo del sendero había pequeñas flores azules, como campanillas. La cabeza del
muchacho estaba torcida de costado, pero sin llegar a mirar de frente a las flores, y
aunque se encontraba a la sombra, un rayo de luz solar refulgía contra la hebilla de su
canana. Su mejilla izquierda estaba pelada hacia atrás en tres tiras desiguales. Las
heridas del cuello aún no se habían coagulado, lo que le hacía parecer animado incluso
en la muerte, pues la sangre se desparramaba por la camisa.


  Kiowa sacudió la cabeza.


  Hubo un largo silencio antes de que dijera:


  -Deja de mirar.


  Las uñas del muchacho estaban limpias. Había una gota leve en el lóbulo de una oreja,
una salpicadura de sangre en el antebrazo. Llevaba un anillo de oro en el dedo corazón
de la mano derecha. Tenía el pecho hundido y poco musculoso: un estudiante, tal vez.
Durante años, a pesar de la pobreza de su familia, el hombre a quien maté había estado
decidido a continuar sus estudios de matemáticas. Los medios para ello tal vez se habían
arreglado mediante los cuadros del movimiento de liberación de la aldea, y en 1964 el
joven empezó a asistir a clases en la Universidad de Saigón, en donde evitó la política y
prestó atención a los problemas de cálculo.

 

Se dedicó al estudio. Pasaba las noches solo,
escribía poemas románticos en su diario íntimo, gozaba de la gracia y la belleza de las
ecuaciones diferenciales. Sabía que la guerra, al fin, le llamaría, pero por el momento
procuraba no pensar. Había dejado de rezar; en vez de eso, ahora esperaba. Y mientras
esperaba, en el último año de universidad, se enamoró de una compañera de estudios,
una muchacha de diecisiete años, que un día le dijo que sus muñecas eran como las
muñecas de un niño, pequeñas y delicadas, y que admiraba su cintura estrecha y el
remolino que se alzaba como la cola de un pájaro en la parte posterior de su cabeza. Le
gustaba el modo sereno de ser del muchacho, se reía de sus pecas y de sus piernas
huesudas. Una noche, tal vez, intercambiaron anillos de oro.


-¿Estás bien? -dijo Kiowa.


  El cuerpo estaba casi por entero en la sombra. Había jejenes en su boca, y partículas
de polen vagaban encima de su nariz. Había dejado de sangrar, salvo las heridas del
cuello. La mariposa se había ido.


  Kiowa recogió las sandalias de goma y las limpió, después se agachó para registrar el
cuerpo. Encontró una bolsita de arroz, un peine, un cortaúñas, unas pocas piastras
sucias, una instantánea de una muchacha de pie ante una motocicleta. Kiowa colocó
aquellos objetos en su mochila junto con la canana gris y las sandalias de goma.
  Después se agachó.


  -Te diré la pura verdad -dijo-. El tío este estaba muerto en cuanto pisó el sendero. ¿Me
entiendes? Todos le teníamos en el punto de mira. Una buena presa: arma, munición,
todo… -Minúsculas gotas de sudor brillaban en la frente de Kiowa. Sus ojos pasaron del
cielo al cuerpo del hombre muerto y a los nudillos de su propia mano-. Así que, escucha,
¡tienes que recobrarte, coño! No puedes quedarte sentado aquí todo el día.


  Más tarde dijo:


  -¿Entiendes?


  Después dijo:


  -Cinco minutos, Tim. Cinco minutos más y seguimos adelante.


  En el ojo cerrado se operó una curiosa transformación: pasó del rojo al amarillo. La
cabeza estaba torcida de costado, como si el cuello se hubiera soltado, y el muchacho
muerto parecía estar mirando un objeto lejano más allá de las flores como campanillas
del sendero. La sangre del cuello se había vuelto de un profundo negro purpúreo. Uñas
limpias, cabello limpio: había sido soldado un solo día. Después de sus años en la
universidad, el hombre a quien maté regresó con su esposa -se acababan de casar- a la
al¬dea de My Kbe, donde se alistó como soldado raso en el 48 batallón del Vietcong.
Sabía que no tardaría en morir. Sabía que vería un relámpago de luz. Sabía que caería
muerto y despertaría en las historias de su aldea y de su pueblo.


  Kiowa cubrió el cuerpo con un poncho´


-¡Vaya, Tim, tienes mejor aspecto! -dijo-. No hay duda al respecto. Todo lo que
necesitabas era tiempo: un poco de permiso mental.


  Después dijo:


  -Chico, lo siento.


  Después, más tarde, dijo:


  -¿Por qué no me hablas?


  Después dijo:


  -¡Venga, hombre, háblame¡


  Era un muchacho delgado, muerto, casi delicado, de unos veinte años. Estaba tendido
con una pierna doblada debajo de él, la mandíbula en la garganta, la cara ni expresiva ni
inexpresiva. Un ojo estaba cerrado. El otro era un agujero en forma de estrella.


  -¡Háblame! -dijo Kiowa

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